
Sirena
Vivo tardes amargas porque mi amor te llama
y responde el silencio cuando grito tu nombre.
A veces descabalas las letras que lo forman
de modo que se evaden medrosas, desvalidas,
perdiéndose en el aire como el globo de un niño.
Entonces no respondes a tu nombre, y me esfuerzo
buscándolo impaciente. Pruebo nombres lejanos
al tuyo que me ama, como abrasando dudas,
como si nunca hubiese sabido rescatarte
del áspero silencio, y en tu nombre no hubiera
un jirón de mi alma. Y es que puedo pedirte
que te llames primavera, o lluvia, o hierbabuena,
que tu nombre sea beso, o temblor, o derrota,
porque en todos me abrazas, porque en todos te amo.
Y acaso me respondes y te llamas octubre,
cubierta por las hojas de una tarde amarilla.
O te llamas enero, que inicia la tristeza
donde los años nacen. O te llamas diciembre,
pues habitas la niebla que desata el crepúsculo.
Aunque no sería extraño que te llamases marzo,
toda esplendor de flores, tierra desentrañada.
Pero quiero pensar que te llamas febrero,
el mes que no concluye donde los demás. Nunca
un beso sin confines tuvo nombre más propio.
O te llamas amor, amor de tanto amarme,
de tanto como escuchas amor rasgando sombras
y bautizando el sueño que mimas en tus manos.
A veces no respondes, pero sí sé tu nombre,
sí sé todos tus nombres que plurales se unen
a ese nombre tan mío que el silencio proclama.
Y mi voz desorienta los caminos del tiempo
cuando sencillamente digo amor, y apareces.
Y se apagan tus nombres mientras tu piel me quema.
Hermosa piel y cuerpo tuyos en los que pienso.